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Gano yo, Mauro

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Por un agónico gol de Rosales y un Carrizo monumental, River se trajo tres puntos de oro de Chile sin jugar

Mauro a todo pulmón. Terminó una buena jugada de Buonanotte. Abreu recién pudo dejar de rezongarle a sus compañeros cuando Augusto Fernández le cedió en bandeja un gol que el Loco debería descontar de su currículum. Era el final de un primer tiempo sin dueño y con pocos interesados en tomar una oferta a precio Indec. Y era un desperdicio para River, que claramente tenía más cash en la Banelco. Tardó el Millo en sintonizar los gritos de Simeone. Es que desde afuera se veía con claridad que ante un equipo liviano de cabeza y de pies era cuestión de tomar conciencia de que las chances estaban ahí. Católica defiende tan mal como River, y no hay punto de comparación en el poder de fuego. Entonces, como pocas veces quizá, el Millo tenía la chance de hacer valer su tan mentado ataque. River generó sus chances con un tiro de Augusto, un pique de Abelairas que no llegó a conectar Ortega y algún revolcón más; y también aportó para que el local llegara un par de veces, y en ambas tuvo que ver Cabral (perdió la pelota en la salida y después marcó al revés a Gutiérrez). Pero Augusto demostró que estaba más despierto que todos y aprovechó un mal despeje para romper el aburrimiento y el marcador, Abreu mediante. Pero River, otra vez, demostró ser un buen católico y por aquello del amor al prójimo se quedó como rezando mientras entre Ailton, Vázquez y Gutiérrez edificaron un linda jugada de pase, centro y definición sin que un jugador visitante estuviera ni cerca de marcar alguna de las tres instancias. Entonces, volvieron los nervios, los pucheros de Abreu porque Alexis le tiró un centro de gol a Ortega y no a él. Con el agravante de que el partido no estaba tan fácil, porque la Católica supo de las debilidades de River y empezó a agredir como nunca antes. Agradezca el equipo del Cholo que los chilenos hicieron más ruido que nueces, y eso que el 80% del segundo tiempo lo jugaron más cerca de Carrizo que de Buljubacich. Con un rival con cierto peso mental y futbolístico la historia hubiera sido otra. Porque River dejó de pisar el área desde ese centro de Alexis para el Burrito, a los 6 del ST. Volvió a asustar un ratazo después, con un centro-tiro de Abreu que no la pudo empujar Rosales. Sostuvo el rancho Carrizo en dos jugadas seguidas y decisivas: una entrada de Vázquez y un tiro libre pegado al palo de Bottinelli. Si el empate era negocio, un triunfo fue un Mauro a todo pulmón. Terminó una buena jugada de Buonanotte. Abreu recién pudo dejar de rezongarle a sus compañeros cuando Augusto Fernández le cedió en bandeja un gol que el Loco debería descontar de su currículum. Era el final de un primer tiempo sin dueño y con pocos interesados en tomar una oferta a precio Indec. Y era un desperdicio para River, que claramente tenía más cash en la Banelco. Tardó el Millo en sintonizar los gritos de Simeone. Es que desde afuera se veía con claridad que ante un equipo liviano de cabeza y de pies era cuestión de tomar conciencia de que las chances estaban ahí. Católica defiende tan mal como River, y no hay punto de comparación en el poder de fuego. Entonces, como pocas veces quizá, el Millo tenía la chance de hacer valer su tan mentado ataque. River generó sus chances con un tiro de Augusto, un pique de Abelairas que no llegó a conectar Ortega y algún revolcón más; y también aportó para que el local llegara un par de veces, y en ambas tuvo que ver Cabral (perdió la pelota en la salida y después marcó al revés a Gutiérrez). Pero Augusto demostró que estaba más despierto que todos y aprovechó un mal despeje para romper el aburrimiento y el marcador, Abreu mediante. Pero River, otra vez, demostró ser un buen católico y por aquello del amor al prójimo se quedó como rezando mientras entre Ailton, Vázquez y Gutiérrez edificaron un linda jugada de pase, centro y definición sin que un jugador visitante estuviera ni cerca de marcar alguna de las tres instancias. Entonces, volvieron los nervios, los pucheros de Abreu porque Alexis le tiró un centro de gol a Ortega y no a él. Con el agravante de que el partido no estaba tan fácil, porque la Católica supo de las debilidades de River y empezó a agredir como nunca antes. Agradezca el equipo del Cholo que los chilenos hicieron más ruido que nueces, y eso que el 80% del segundo tiempo lo jugaron más cerca de Carrizo que de Buljubacich. Con un rival con cierto peso mental y futbolístico la historia hubiera sido otra. Porque River dejó de pisar el área desde ese centro de Alexis para el Burrito, a los 6 del ST. Volvió a asustar un ratazo después, con un centro-tiro de Abreu que no la pudo empujar Rosales. Sostuvo el rancho Carrizo en dos jugadas seguidas y decisivas: una entrada de Vázquez y un tiro libre pegado al palo de Bottinelli. Si el empate era negocio, un triunfo fue un regalo del cielo, y de la pifia de Marcos González, para que Rosales le rompiera el arco a Buljubacich en la agonía. Pero puede que otra vez el final no sea tan dulce. Mejor, rezá.
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