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Acá me hice hombre

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José Luis Fernández recorrió con Olé las canchas de Fuerte Apa-che donde creció. "Era por plata o por el cajón de cerveza

JOSÉ, EN EL POTRERO DONDE PARTICIPÓ DE DURAS BATALLAS. Un lecho de basura yace sobre la calle. En los balcones de los monoblocks la ropa tendida forma parte del escenario. El ladrido de un perro lejano, insistente, retumba en uno de los tantos pasillos que se bifurcan. Las paredes parecen cobrar vida. Hablan desde los graffitis que se enciman unos sobre otros con aerosoles de diversos colores. En la esquina, a unos 50 metros, tres gendarmes cumplen la guardia en el preciso lugar donde el 29 de octubre último fue asesinado el cabo Omar Centeno. El barrio Ejército de Los Andes (conocido como Fuerte Apache) es peligroso. No se descubre nada con esto. Pero quien ingrese acompañado por alguno de sus habitantes, tal vez sienta la mayor de las seguridades por los códigos que rigen en esas zonas. José Luis Fernández ya no vive a unas pocas cuadras de allí (ahora está en Caseros), aunque aún se siente parte del lugar, al que visita muy seguido para encontrarse con sus amigos de siempre, que no son pocos. El pibe se apoya en el palo gastado del arco precario. Sobre esa canchita con predominio de tierra se peló las rodillas. Ahí empezó a forjar su amor hacia la pelota. Ahí soñó con jugar alguna vez en Primera este chico de 21 años. "Hice casi toda la Secundaria, hasta que dos meses antes de terminar me cansé y largué y no me recibí. Tampoco hice changas porque nunca supe hacer nada". Lo suyo, entonces, era el fútbol. Un día fue promovido por Micó al plantel profesional de Racing, en Salta, en la pasada pretemporada. Otro hizo su estreno (contra Independiente, en el Clausura). Y el domingo fue por más: metió su primer gol, participó del segundo (Peppino) y fue una de las figuras. "Hace un mes ni siquiera me habían citado para jugar en Reserva, contra Banfield. Si en ese tiempo me decían que terminaría metiendo un gol, no lo creía. Me sentía muy mal, hablaba mucho con mi papá (sus padres están separados). Por eso, le dediqué el gol a mi familia (vive con mamá Liliana y sus hermanas Paola, Natalia y Agustina), mi representante (Marcelo Simonian) y mis amigos, que me apoyaron siempre", cuenta José, acompañado pos sus compinches, recién descendido de un Fiat Spazio que "compré hace tres meses y le hice casi todo nuevo, ¿eh?". -¿Y qué sentiste cuando la pelota entró? -Con Dardo (García) habíamos quedado en que si la metía, agarraría una botellita de agua para rallarla con la mano y hacer que tocaba el güiro (instrumento de percusión). Nos íbamos a poner a bailar. Pero como estábamos lejos del banco, lo festejamos cerca de la hinchada de Racing. -¿Y la familia cómo vivió ese momento tuyo? -Después del partido me llamaron todos llorando de emoción cuando estábamos volviendo en el micro. Mientras en la parte de atrás los muchachos hacían ruido por la alegría que tenían, yo me fui hacia los asientos de adelante y me puse a llorar con todo, sin que mis compañeros se dieran cuenta. Hasta que me sequé las lágrimas y volví a juntarme con ellos. Desde que firmó su primer contrato, "aporto plata en mi casa al igual que mi hermana mayor (Paola, de 25) y ayudamos a mi vieja, que hace changas y es empleada doméstica". Unas gotas de lluvia empiezan a caer sobre esa tierra que levanta polvo cuando camina. Ahí mismo, en picados ásperos y los clubes Reconquista y Kimberley (donde jugaba al Papi), sembró ilusiones que comenzó a cosechar. -¿Cómo eran los partidos en Fuerte Apache? -Uuuhhh, eran partidos tremendos. Yo jugaba para La Isla 28 contra los del Nudo 7. El Nudo 7, que era nuestro clásico. Era una cosa de pegar, pegar y pegar. Como casi no había pasto, la pelota picaba mucho y era difícil pararla. Y yo jugaba con algunos que eran más grandes que yo. Eran partidos tremendos. Para que te cobraran foul, tenía que ser alevoso, casi que te tenían que sacar sangre. A veces, si cobrabas, te venían a prepotear al toque. Y uno debía hacerse el boludo y seguir jugando. -¿Qué había en juego? -Jugábamos por el cajón (de cerveza) y otras por la cancha. Había que ganar sí o sí. A veces, como no llevábamos plata, cuando perdíamos teníamos que salir corriendo para que no nos mataran a todos. -¿Qué enseñanza te dejó jugar esos partidos? -Acá me hice hombre. Me acostumbré a las patadas, a que nadie cobrara nada. Había que levantarse y seguir. En Primera te sentís protegido por los árbitros. Para mí es un lujo, un sueño jugar sobre el césped. Y hacer un gol, ni te cuento. Todavía no caigo, eh. Un drama. A partir de un hecho que lo sacudió, Fernández disfruta todo el doble. En mayo del año pasado estuvo al borde de desaparecer. "Estoy vivo de casualidad. Como me dolía mucho la zona del apéndice, fui al Hospital San Juan de Dios, en Ramos Mejía. Un médico me diagnosticó un cólico renal y me mandó una ecografía para que me la hicieran recién una semana después", relata. Y profundiza: "Los dolores seguían y eran fuertes. Fui al Hospital Itoiz, de Avellaneda y me tuvieron que operar de urgencia porque tenía peritonitis. Me dijo el médico que estuve a dos horas de la muerte porque tuve una explosión interna. Por eso le inicié juicio a la San Juan de Dios y se lo gané". Llega la despedida. Pero el auto, a raíz de que se quedó sin batería, no le arranca pese a que sus amigos lo empujan. "Lo dejó acá, total más tarde vuelvo a comer un asado con los pibes", dice, Y se va en el remís de Olé.
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